Un sistema para proteger las casas de las inundaciones, otro para evitar que el oído se caliente durante largas conversaciones por móvil, una crema de depilar que reduce la celulitis o un chupete aromatizado para los bebés con congestión nasal, son solo una muestra de la imaginación de inventores de todo el mundo.

Las ideas más sencillas suelen ser la semilla de los inventos más revolucionarios. El Salón Internacional de los Inventos de Ginebra sigue siendo la gran cita para dar a conocer las propuestas más originales.

Los inventores se quejan de las dificultades para dar una salida comercial a sus innovaciones.  Más de setecientos expositores de 45 países y un millar de inventos se dieron cita en la última edición del Salón Internacional de los Inventos de Ginebra, que, casi cuarenta años después de su primera edición, ha vuelto a demostrar que, al margen de las crisis económicas, lo que nunca faltan son nuevas ideas.

Del total de inventos presentados en el salón, el 79 por ciento ha sido creado por empresas, instituciones o universidades, y el 21 por ciento por particulares, personas que, en muchas ocasiones, aparcan temporalmente su profesión habitual tras habérseles “encendido la bombilla” y haber decidido dar una oportunidad a su invento.

Un ejemplo de ello es Francisco Javier Garcés, metalúrgico de profesión y creador de un chupete que ayudará a descongestionar la nariz de los más pequeños con un mecanismo que puede parecer sencillo, pero que no se le había ocurrido a nadie antes.

Un trozo de algodón dentro de un pequeño compartimento del chupete, unas gotitas de esencias descongestionantes, de romero o de pino, y listo: los niños con tos o con mocos pasarán una noche de lo más calmados.

Para que un invento tenga éxito, no hace falta que tenga una tecnología superavanzada: basta con que ayude a facilitar las tareas más cotidianas. La fregona, las aceitunas sin hueso y las ideas de Salvador Alimbau, un veterano inventor que participa en el salón de Ginebra desde 1981, son un buen ejemplo de ello.

Hace 30 años, este valenciano que se dedica al diseño industrial, se estrenó como inventor con una escalera que, plegada, medía 50 centímetros de ancho, 60 de alto y tan solo dos de grosor, pero que podía alcanzar hasta 2,10 metros de altura gracias a un ingenioso mecanismo.


Las invenciones cubren todas las ramas del saber, la tecnología y la ciencia, pero son las relacionadas con el medio ambiente y la salud las que más nuevas ideas generan y mejor aceptación tienen.

Una mesa para hacer picnic con estabilidad a prueba de terremotos, un utensilio que sirve para descansar la espalda mientras se está de pie, otro que permite imprimir textos directamente desde la pantalla del ordenador, un pavimento que purifica el aire o un imán que ayuda a organizar los utensilios de limpieza, pueden parecer propuestas surrealistas y arrancar una sonrisa. Pero cuando Leonardo da Vinci le daba vueltas a la idea de un artefacto que permitiera a los hombres volar, tampoco le tomaron demasiado en serio.

Fuente: 2001.com.ve